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Del Tigre suelto de Barinas al tirabesitos que saluda

junio 1, 2008



Noticias24.-
“Lo medican y lo calman, pero ya no es el torrente desbordado de la revolución, el tigre suelto de Barinas, sino el tirabesitos que saluda a Angela Merkel y a Uribe como un gatito de Angora que apenas ronronea”. Lo dice Carlos Blanco en su Tiempo de Palabra.

Tiempo de Palabra
Carlos Blanco

La Sampablera

La economía ha entrado en la boca del lobo, aun con la fiesta del petróleo. El PSUV dejó de ser solución y ahora es una tragedia. Los ministros se pelean y se anarquiza el Gabinete. Los candidatos, movidos por una indómita vocación de servicio público, saltan de las cornisas, emergen de los baúles y salen de los closets. Los bolivarianos andan alzados y después de la consabida profesión de fe chavista, le caen a mandarriazos a las decisiones del Comandante en Jefe. Éste insulta un día y al siguiente se disculpa a lo caribe, con sonrisa y besuqueo. Para completar, aparecen los nexos con la guerrilla colombiana, el financiamiento provisto, el utillaje regalado que hace pum-pum, las embajadas de las FARC dentro de Venezuela, en zonas detectadas por los satélites del imperio mismo, todo lo cual se añade a la desaparición en fila india de los comandantes “faracos”, decididos a comparecer en masa ante la Corte Celestial.

Ya los chavistas de abajo no se calan a los héroes de arriba, infatigables en amasar plata en su nombre. A los lados, Luisa Estella amarra la cara, se ajusta los lentes, se disfraza con toga y remeda la seriedad propia de los jueces cuando administra sentencias confabuladas en Palacio. Entretanto, esa combinación de Diploclodo y Estebaldo, que llaman Clodosbaldo, en silencio rebana leyes y ante la imposibilidad de infligir derrotas electorales apela a la triquiñuela graciosa de las inhabilitaciones. Izarra, por su parte, tal vez busca un camino para evadirse y procura que se olviden de él, por lo que crea un brollo y ofrece, a los segundos, su renuncia. Maguila Gorila gruñe fuerte para imponerse a la manada porque hay quien le serrucha el puesto, no sólo ofreciendo más lealtad sino porque asegura ser menos bruto. El coronel Antonio Benavides Torres, de la Guardia Nacional, mostrando su sumisión total al caudillo y con la insolencia de los gorilas, trata a los estudiantes como lo hacen los “sobraos” con poder.

Es natural que en este enredo no sólo existan problemas políticos, sino psicológicos y espirituales de alta monta. Si a este narrador le diera por adivinar qué le sucede al Comandante, diría que debe estar bajo el impacto de una fuerte depresión moral. Tal vez, acurrucado en su cama formato king, envuelto en una cobija tamaño imperio, seguramente tiene conversaciones con Alejandro Próspero Reverend a quien le transmite sus cuitas, y le cuenta cómo lo que ha querido hacer se le ha devuelto como maldición, que ya le afecta el cuerpo y el alma. Cabe imaginar que alguna vez sus edecanes le habrán oído susurrar: “he arado en el mar” y una voz le responde: “…y has cosechado guacucos”. Entonces lo medican y lo calman, pero ya no es el torrente desbordado de la revolución, el tigre suelto de Barinas, sino el tirabesitos que saluda a Angela Merkel y a Uribe como un gatito de Angora que apenas ronronea. Y ya se sabe que Mens Morbida in Corpore Puter, como dicen en los bajos del Guarapiche cuando la gente está loca de metra.

La Gran Equivocación

Con tanto pueblo alrededor, con tanta plata en la faltriquera, con tanta pasión en el alma, la pregunta inevitable es qué le pasó a Chávez, cuál fue el punto en el cual el proyecto de cambio se trastocó. En el centro del desastre está la visión que el líder tuvo de sí mismo y de su poder.

Creyó que todo lo podía al disponer de la fuerza de las armas, del dinero y del pueblo. Se sintió todopoderoso e invulnerable. Pareciera que los siete pecados capitales los hubiera cometido juntos. La lujuria del poder. La gula que lo llevó a abandonar la mesa sobria del militar clase–media, por la seducción de los vinos, la manteca y los carbohidratos. La avaricia que convirtió a un hombre modesto de liquilique dominguero, en el potentado embutido en trajes de 18 kilates. La ira que mutó a un llanero simpaticazo en un hervidero de furias e irrespetos hacia los que lo han apoyado y querido. La pereza intelectual que le impidió usar su inteligencia en aprender, comprender y aprehender ideas, para quedarse sólo con las carátulas de los libros y los comentarios ilustrados de un par de generales y unos tres profesores, dos de ellos ignorantes. La envidia a los que, por otras vías, se hicieron del poder político; especialmente ese sueño en estado líquido que ha sido tratar de emular a Fidel Castro. Sin embargo, lo peor ha sido la soberbia o el orgullo que lo llevó a pensarse omnipotente, sobre la base de un concepto tan petulante como falso, como es el reto a la naturaleza y la oferta de caerle a puñetazos si no obedece, que se atribuye a Bolívar.

El voluntarismo se llama esta enfermedad. Es la idea de que la voluntad puede cambiar cualquier destino. En la década de los 60, América Latina pagó bien caro esa visión, según la cual no importaba tanto que “las condiciones objetivas” para la revolución estuviesen presentes porque “el foco guerrillero” podía crearlas; bastaba un puñado de decididos guerreros para que, con su presencia, el mapa político cambiara favorablemente hacia la insurgencia. No era verdad. No fue verdad. Che Guevara entregó su vida y la de miles de jóvenes del continente por intentar sacar revoluciones de sus meras glándulas.

Ha transcurrido casi medio siglo desde entonces. Chávez, por su papel, estaba obligado a saber historia. Sin embargo, el talento para la locuacidad, el gracejo, la copla y el embuste, fue desperdiciado. Chávez no conoce la historia; no sabe de sus fuerzas y encrucijadas. No es un estratega sino un “vivo”, que sabe cuándo le aprieta el zapato y retrocede; sabe hacer buuuuhh, buuuuh, y asusta; no tiene escrúpulos para emplear la fuerza o el dinero; pero, ha demostrado que tiene un instinto de conservación muy desarrollado, lo que ha llevado a algunos –equivocadamente- a atribuirle dotes de estratega. Chávez es bipolar: o avanza como un tanque de guerra o huye como un conejo asustadizo, pero no puede moverse fácilmente y en diagonal en territorios de alta complejidad.

Por no saber de historia, sino de fechas de batalla, y por no entender que las fuerzas que determinan los hechos históricos no pueden ser manejadas por una voluntad, es por lo que el proyecto bolivariano ha terminado en el Caguán, estrellado de barriga.

Al Final, el Caos

Chávez se ha desbaratado en el intento de meterle un gol a la historia. Compró apoyo, pero no lealtades; convenció a muchos, pero los defraudó; a los defraudados los obliga, pero no los inspira. No se puede forzar a los que siempre han luchado por tener algo, que es bueno no tener nada. No se puede sustituir la lealtad la Nación por el acatamiento a una facción. No se pueden borrar impunemente las fronteras entre el partido y el gobierno, entre el gobierno y el Estado, entre el Estado y su jefe, y entre la hacienda pública y la del caudillo. La humanidad, con sangre, ha establecido esos límites.

Chávez no lo entendió. Ahora, es el emperador del caos que lo arrastra y enferma.

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